lunes, 22 de julio de 2019

Eppur si muove (respuesta a Federico Lorenz)


Días atrás recibí en un grupo de Whatsaap de colegas de la Universidad un posteo escrito por el historiador Federico Lorenz, originalmente publicado en su muro de Facebook y luego replicado de diversas formas entre ellas la que finalmente llegó a mis manos. A través de ese mensaje se formula una indignada respuesta frente a algunos de mis dichos en una entrevista realizada pocos días antes en el programa + Info del Canal La Nación +.

En el escrito titulado “Los peligros de generalizar”, Lorenz se dedica a... generalizar sobre mis supuestas intenciones para responder a algunas de las cuestiones que se abordaron en el programa. La estrategia utilizada, como sucede en estos casos, es la argumentación ad hominem, escenificando indignación sin responder con argumentos ni referencias concretas más que apelar a las oscuras intenciones de quien se critica. Esto se observa desde el título mismo del texto, aplicando la calificación de “peligrosas” a ideas y opiniones por el solo hecho de no coincidir con ellas.

Creo que dar una respuesta pública es necesario porque la mencionada replica es parte de un modus operandi que se ha extendido en el mundo académico y que utiliza la reprimenda y la exposición pública contra quienes tratan de pensar críticamente supuestos sacralizados sobre el pasado reciente. Se busca de esta manera provocar autocensura, silencio y, en definitiva, la aceptación dócil de una voz hegemónica. En este sentido se puede entender mejor la utilización de la primera persona del plural (que Lorenz usa desde el inicio de su escrito), aunque no quede del todo claro en representación de quién lo hace (hacer click aquí para seguir leyendo).

La democracia en América Latina. En la contraola.



1974, hace ya 45 años, Portugal y Grecia ponían fin a sus regímenes autoritarios y además inauguraban una larga cadena de cambios que, al año siguiente, terminó de democratizar Europa occidental con la célebre transición española.

En 1978, el fenómeno cruzó el Océano Atlántico y llegó a República Dominicana, donde terminó con las pretensiones continuistas de los herederos del Chivo Trujillo, y luego, de allí, pasó a Ecuador. En los años subsiguientes las transiciones abarcarían toda la región: Perú, Honduras, Bolivia, Argentina, El Salvador, Uruguay, Brasil y Guatemala fueron la primera tanda. La caída del muro de Berlín facilitaría las cosas y los restantes países comenzarían su tránsito hacia la democracia a partir de 1989.

De distintas formas, la democracia se impuso en todo el continente menos en la sempiterna dictadura de los Castro, que hasta hoy parece inmune a tendencias y cambios globales. Paralelamente a lo que ocurría en América, algunos países africanos, asiáticos y de Europa del Este iniciaban el mismo recorrido. Un símbolo de aquel momento fue el fin del régimen sudafricano del apartheid y la llegada de Mandela a la presidencia el 10 de mayo de 1994.

Un cambio global de esa magnitud ocurrido, además, en el marco del fin del comunismo generó un fuerte optimismo. Esto se vio en la confianza de importantes sectores de las élites políticas e intelectuales para creer, no solo en la solidez de las transformaciones, también en que el futuro traería una suerte de progreso indefinido. En algún caso, se llegó a definir esto como el fin de la historia que llevaría al triunfo global y permanente de la democracia liberal.

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